El CD y otros formatos perdidos (parte I)

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Después del cassette el mundo estaba listo para entrar en la era de la música digital, pero antes, el CD sería nuestra preparación.

Los 90 fueron un momento histórico en el que empezamos la transición hacia la digitalización de la música, un viaje de ida en el que dejamos atrás la idea de poder sostener la música en nuestras manos, por la comodidad de una biblioteca virtual casi infinita. Pero primero empacamos nuestras maletas con las cosas que nunca cambian y le dimos un abrazo corto de despedida a nuestro viejo amigo, el cassette.

El camino depararía aventuras auditivas y formatos de una noche de los que pudimos habernos enamorado, sin tan solo el tiempo nos hubiese permitido acampar en él.

La evolución de la música

La música siempre representó una combinación de elementos que alteran nuestros sentidos y emociones. La usamos en rituales religiosos como método para la concentración y la ambientación, en los deportes para alentar y elevar la euforia colectiva. Pero quizá la combinación más fácilmente reconocible es la del arte y el entretenimiento, con frecuencia apuntándole más a uno de esos dos atributos, pero generalmente entendida como expresión artística.

Y como el entretenimiento es un producto, nuestra obsesión con comprar música para ambientar nuestras vidas, siguió alimentando una industria rentable mucho tiempo después del cassette, pero el formato y el medio que lo reemplazaría se encargaría de elevar los márgenes de rentabilidad, quitándonos un poco de libertad.

En 1982 el cassette dominaba, estaba en todos lados; en todas la habitaciones de las casas donde cada integrante de la familia creaba su propio ambiente, en los autos para ponerle banda sonora a los viajes de 12 horas por carretera, o los de 45 minutos al supermercado, estaba en los parques, calles y estaciones de tren gracias al Boombox y viajaba en bolsillos de la gente a cualquier lado gracias al Walkman, se usaba para almacenar música, audiolibros, cursos de cualquier idioma, programas de automotivación, software de computadora, videojuegos. Simplemente reinaba.

Pero la gente apasionada por crear tecnología y las industrias que siguen las tendencias de consumo, nunca se conforman, siempre están buscando algo nuevo que traiga conveniencia y riqueza. Por eso, mientras disfrutábamos la era de la libertad con los cassettes, Philips y Sony ya lanzaban una nueva propuesta en la evolución de la música como producto. Era el Compact Disc. Aunque todos lo llamamos por su sigla CD.

Un aparato gigante

En ese momento de la historia, estas compañías de tecnología tenían toda la credibilidad a su favor, después de todo habían sido las responsables de crear la tendencia de la música portátil y básicamente cambiar el mundo y nuestras vidas de paso, Philips había creado el Compact Cassette, del cual se deriva el nombre de CD, y Sony había creado el Walkman. Pero sabiendo bien que las tendencias se mueven rápido y los consumidores necesitamos estar siendo estimulados con cosas nuevas todo el tiempo, unieron fuerzas y se dedicaron a desarrollar la tecnología sucesora, el resultado fue un medio físico y un formato digital.


Un LaserDisc junto a un CD Kevin586, CC BY-SA 3.0

Primero fue la Disco-visión. Si puedes imaginarte un CD del tamaño de un LP, alrededor de 30 centímetros, te puedes hacer una idea de lo cómicamente grande que eran los discos láser, la tecnología que dio paso al Compact Disc.


Su origen viene de muy atrás, salió al mercado en 1978 apenas dos años después del lanzamiento del VHS, y su fin era precisamente competir en el mercado de videos de casa, por eso lo llamaron comercialmente DiscoVision. La calidad de audio y video era mejor que la de los videocassettes, el problema era que los reproductores eran costosos y los discos de películas también, además no permitían grabar programas de televisión, y como todos sabemos, la diversión está en grabar, editar y personalizar lo que vemos y escuchamos, esa fue la libertad que nos trajo la cinta magnética y que pronto perderíamos.

El disco láser no fue globalmente popular, excepto en Japón, donde hasta 2009 los seguían produciendo, pero abrió el camino al CD y eventualmente al DVD cuando fue posible miniaturizar la tecnología.

Así que durante los ochenta y parte de los 90 el cassette permaneció en nuestros hogares mientras la gente ingeniosa de Philips y Sony perfeccionaban la tecnología del Compact Disc para adaptarla a la música.


Museo della Scienza e della Tecnologia “Leonardo da Vinci”, CC BY-SA 4.0

Poco a poco fue entrando en el mercado, Sony lanza el primer reproductor de CDs, un aparato gigante para los estándares actuales, algo parecido a un VHS en su forma, pero se compromete a reducir su tamaño durante los próximos años.


El problema de la portabilidad

Finalmente los 90 se empiezan a parecer los 90, se hace reconocible en los momentos culturales del entretenimiento globalizado, en la moda, el cine, las series y la música donde el CD empezó a dominar nuestras vidas, la conveniencia de nuevo jugó sus cartas, con el Compact Disc no teníamos que lidiar con tener que darle la vuelta a un cassette, no teníamos que rebobinar ni calcular donde más o menos terminaba una canción y empezaba la que queríamos escuchar, nada de eso era ya un problema porque con el CD entramos efectivamente en la era digital solo que el medio era físico.


Mi primera vez

Cuando uno habla de música digital es común pensar en plataformas como Spotify o Deezer, pero antes de eso estuvo iTunes, y antes estuvo el formato más rock star de todos, el problemático y célebre mp3 que con la ayuda del internet, le pegó una buena sacudida a la industria de la música que vio con pavor los dólares escapar de sus bolsillos, cada vez que la gente compartía la música sin pagar por ella. Pero en realidad, antes de que todos tuviéramos computadoras en casa, los CDs ya nos habían acostumbrado a escuchar música digital.

El sonido ya no se imprimía en el superficie de un disco de acetato como los LP, tampoco era capturado en cinta magnética, era transferido de una señal análoga a un archivo digital comprimido, aquí fue que nació también la discusión que luego se enfocaría en la “sobre-compresión de la música”, pero eso pasó mucho después.

El CD en realidad ofrecía el menor grado de compresión posible y la posibilidad de eliminar el ruido que venía con los medios anteriores, así que el resultado fue una serie de beneficios de practicidad y claridad del sonido que nos convencieron a hacer el cambio de tecnología. Solo había que resolver el problema de la portabilidad.

Nuevas historias

Al principio, mientras nos adentrábamos en los 90, los cassettes mantenían cierta relevancia a pesar de que los CDs ya los habían superado en ventas, el problema era que estábamos acostumbrados a andar con nuestros Walkmans a todos lados, y si bien Sony ya se había comprometido a darnos la misma experiencia con el Discman, todavía caminar, salir a trotar o escuchar CDs en el carro mientras manejabas, no era una opción viable, las piezas móviles dentro del aparato hacían que el disco “saltara” haciendo que una canción se detuviera y pasara de golpe a la siguiente debido a un movimiento brusco.


Mikus, CC BY-SA 4.0

Entrando 1995 los Discman integraron tecnología anti-salto y de ahí para adelante su popularidad se elevó al máximo, llegó a los estéreos de los autos, a la gente en las calles y finalmente el cassette cedió su trono. Y a partir de ese momento nacerían nuevas historias.


El de ella era mejor

Endeudarse con gusto

La música siempre nos trajo problemas, ya fuese por presentar una posición política, por convertir a nuestros padres preocupados, en rivales de la juventud, o por llevarnos en el camino menos recorrido aislándonos efectivamente de nuestra propia comunidad, y no solo eso, los problemas pueden ser físicos también, con los cassettes la cinta enredada podía convertirse en un dolor de cabeza instantáneo y con los CDs los rayones eran pequeños traumas insuperables, sobre todo cuando hablamos de chicos adolescentes que atesoraban sus discos, pues no tenían poder adquisitivo para ir a comprar otro y endeudarse con gusto.


Fútbol virtual y venganza

Una joya musical

El problema con entender la música como pequeños tesoros de la juventud, es que inevitablemente atraerán el deseo de otras personas, para algunas será una razón para ir a tu casa y socializar con más frecuencia, otros admirarán tu exquisito gusto y otros simplemente esperarán que se dé la oportunidad para tomar prestado de manera indefinida, tu joya musical en forma CD.


Robo doble

Un par de plegarias

Con el cassette llegó el concepto de Mixtapes, o listas personalizadas, un atributo que cambió las reglas del juego, abriendo la puerta a la completa libertad de expresión. Con los CDs este concepto permaneció dormido durante la primera parte de su existencia, aunque en realidad nunca hubo nada comercial y masivamente disponible, que permitiera copiar música de un disco a otro con la misma facilidad del Boombox o grabadoras de doble casetera.

Lo que llegó fue el famoso “quemador”, un dispositivo para computadoras que permitía grabar información en CDs en blanco, el proceso requería un láser que quemaba literalmente el disco al pasar la información y un par de plegarias para que todo saliera bien y no perder el tiempo teniendo como resultado un CD “mal quemado”. Así llegaron los Mixtapes a los CDs y una vez más, la satisfactoria sensación de una compilación musical personalizada fue posible.


Internet lento y frustración

Tesoros de plástico

Igual que sucedió con los cassettes pero a una escala mayor, los CDs pasaron de ser un formato pensado para la música y diferentes formas de audio, a convertirse en un medio de almacenamiento de información digital, pronto nos vimos grabando en ellos, fotos, videos, películas, videojuegos, documentos, programas y toda clase de archivos en casa y en la oficina.

Los guardamos en estuches de tela, los acumulamos en torres, escribimos y dibujamos sobre ellos, les pusimos stickers, los regrabamos, los pirateamos, los perdimos, los regalamos y poco a poco se volvieron tan comunes y corrientes que dejamos de asombrarnos por la tecnología que los hizo posibles.

Perdieron el encanto, pero no para los que siempre mantuvieron esa conexión emocional con la música a un nivel casi religioso, involucrando el cuerpo y el alma en la experiencia sensorial y el orgullo que le proveen sus tesoros de plástico.


Coleccionista de recuerdos

El formato predilecto

Si hay algo que hemos aprendido a lo largo de la historia de la humanidad, es que el cambio es inevitable, con él vienen retos y oportunidades, uno puede acceder a todo el espectro que va de lo malo a lo bueno o estar simplemente en uno de los extremos, pero sin importar las condiciones, el cambio siempre se dará.

En el caso del CD, la razón de su declive fue su propia creación. Cuando Sony y Philips decidieron que el futuro de la música sería digital, no había manera de calcular que el medio físico que contiene el formato digital se volvería prácticamente obsoleto, que los autos y las computadoras dejarían de salir con unidades lectoras y grabadoras de CD, que dejaríamos en el cajón el Discman para salir a la calle con los audífonos conectados a un iPod y eventualmente, a un teléfono móvil donde guardamos una copia de nuestras vidas.

Los archivos digitales wave que vienen en los CDs dieron paso a otros métodos de compresión más agresivos, logrando reducir el tamaño cada vez más y evitando que la pérdida de calidad fuese perceptible. Hasta que finalmente llegamos al mp3, una pequeña maravilla tecnológica que permitió reducir una canción de duración típica a un 10% de su tamaño.

No hace falta navegar mucho en la computadora o smartphone, para entender que el internet no es amigo de los archivos pesados, es un gigante saludable que prefiere ser alimentado con semillas sin sal que con hamburguesas triples, y el mp3 definitivamente se convirtió en una de sus semillas favoritas. Se estableció como el formato predilecto, abriendo la caja de Pandora de la cual saldría primero la piratería descontrolada y luego una nueva manera de disfrutar y por supuesto, de comercializar la música.

El tren de la memoria

Con iTunes nos acostumbramos a comprar canciones individuales, mientras sin reparo ni remordimiento descargábamos canciones con programas de dudosa procedencia. Luego llegaría la nueva tendencia, Spotify, Deezer, Apple Music, Amazon Music y muchas otras le apostaron al streaming, una gran biblioteca virtual a la que pagas para tener acceso a través del internet. En este punto ya ni siquiera compramos un archivo de música digital, todo es alquilado.

Aunque en realidad ninguna de estas cosas desaparecieron, solamente dejaron de ser masivamente populares, todavía puedes comprar LPs, cassettes, CDs y música en formatos digitales de alta calidad, pero eso ya queda para los que tienen preferencias estrictas de calidad, los que buscan una experiencia o los que simplemente disfrutan un viaje corto en el tren de la memoria.


Bonus Track


La próxima semana:

El CD y otros formatos perdidos (parte II)


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Published by Leon Bernard

Busco el equilibrio en la creación, poniendo en la balanza el pensamiento estratégico y la libertad para producir música y escribir historias.

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